Hermanos amados,
En mi parco entendimiento espiritual o en la imaginación limitada de la época, jamás me hubiera imaginado que al trabajar, ya en edad avanzada, inclinado sobre las mesas giratorias, estaría abriendo al Mundo un "Portal de Conocimiento Doctrinario", que en los últimos espasmos de la Tierra, servirían como faro de esclarecimiento para la humanidad.
Hoy, pasados tantos años, aún me cautiva la Presencia Divina que comanda nuestras vidas, y como un niño ante sus nuevos descubrimientos, mi espíritu que tanto ha vivido, pero aún lejos de alcanzar el entendimiento elevado de los Avatares, descubre feliz que al entregarnos sin pretensiones en las manos del Creador, somos agentes de bellas e importantes obras.
Los Planos Divinos encierran una profunda sabiduría, pero la ausencia de fe nos aleja de ella. Al formarse la mente humana, a través del pensamiento autónomo e individualizado, percibe que está desconectada de todas las cosas. Prosigue su trayectoria, animada por ideas que cree que son solamente suyas, olvidándose de cultivar en el corazón el sentimiento de gratitud por el don de la vida, pues a pesar de su brillante inteligencia, aún no es capaz de crear.
Se reúne con sus iguales, pero enseguida encuentra motivos para ser diferente, agrupando seres y personas acordes con sus usos y convivencia, dando rienda suelta a los instintos embrutecidos, cubiertos por la cáscara material, que es el cuerpo físico. Y en la materia se mezclan los sentimientos, las vibraciones mentales y pensamientos que cada vez son más confusos y están desconectados de las elevadas vibraciones de amor profundo, existentes en el Corazón del Universo.
Llega la Civilización y arrastra consigo a la razón, elevándola por encima de las virtudes humanas. Pensar y traducir en actos los pensamientos es, entonces, el apogeo del espíritu.
Sin saberlo, los seres humanos se arrastran ciegos por el suelo denso de la vida espiritual, desprovistos del sentimiento de vida.
Civilizaciones y culturas se multiplican y de ahí surgen las guerras, las conquistas, disputas de todo tipo, por todas las razones posibles creadas por el pensamiento humano, ese animal salvaje, cuya domesticación aún está lejos de encontrar su término.
La humanidad sufre bajo el impacto de los desentendimientos sociales, y los pueblos crean y propagan sistemas de leyes, visando garantizar unas condiciones más favorables para la perpetuación de la especie, reduciendo también, por consiguiente, el sufrimiento. Se da cuenta de que ya no basta sólo con vivir, sino que hay que vivir en paz.
Pero, al contrario de lo que grita su instinto de supervivencia, la aspereza de su espíritu insiste en cultivar el dominio sobre todo lo que le rodee.
Algunos pocos empiezan a despertar tocados por la comprensión, aún primaria, de las religiones que se destacan.
¡Una nube negra cubrirá la luz sobre la Tierra!
¡Más guerra y dolor!
!Desesperación, sufrimiento y miedo!
Empiezan los seres humanos a sumergirse en sí mismos con más fuerza y coraje, buscando respuestas y conocer las causas de la naturaleza interna del hombre. Es la razón analizando la emoción, descubriendo el sentimiento y reencontrando la luz creadora de su origen.
Pensamientos e ideas se ven entonces ofuscados por las limitaciones grotescas de las personas apegadas a la materia, sin recursos morales, obligando a los seres a sumergirse profundamente en el conocimiento de sí mismo y de la vida.
Nos encontrábamos en el siglo XIX (1800), cuando una vez más, a lo largo de la historia de la civilización humana en la Tierra, la Providencia Divina destacó una estirpe de seres angélicos para comandar la bajada de sublimes lecciones que iluminaran como una antorcha en la oscuridad, las palabras que aún hacían eco en el astral de la Tierra, desde la bajada del Maestro a los rincones del Planeta.
Y la luz, siempre presente a lo largo de la historia de la civilización humana, brilló una vez más, irradiando la fuerza de su claridad en el entendimiento del hombre. Luz que nunca se apaga porque se mantiene viva como una chispa en cada corazón que toca.
Cómo agradezco al Creador la tarea que me encomendó, posibilitándome formar parte de Su Plan. Y cómo aún agradezco que de las semillas lanzadas, muchas germinaron y el Sol de Su Amor las hizo crecer y dar nuevos frutos, permitiéndonos una vez más, manifestarnos aquí. Somos "Trabajadores de la Última Hora", los retrasados de la escuela de Cristo Jesús, como el campesino que ara, siembra, después recoge y saborea los frutos deliciosos. Pero los frutos que hoy saboreamos no alimentan más la carne, sino el espíritu; y cada uno de ellos nos revela la Presencia de Dios en Su Máxima Sabiduría.
Hermanos es por eso que a través de estas palabras, observándoos desde el mundo espiritual como quien mira a los viajeros que inician la jornada, venimos a deciros con todo el amor de nuestra alma, lo siguiente:
Arar la Tierra dura de los corazones fríos y distanciados del Padre es una tarea difícil y áspera hasta el extremo.
Sembrar en medio de las rocas, espinos y arena de las almas inferiores, parece una tarea inútil. A pesar de todo esto, jamás os olvidéis que el "Gran Plano", aquel que comanda vuestro actuar hoy en día, es "Todo Sabiduría" y guía vuestras manos en la oscuridad de la noche terrena, haciéndolas sembrar donde sea necesario, preciso e imprescindible.
Los frutos no serán recolectados en este tiempo.
Es preciso que la Suprema Sabiduría adobe y deje fermentar el suelo, hasta que los primeros y tiernos brotes den la señal de las razones superiores que motivaron vuestro trabajo. Entonces, en el futuro, todos vosotros que hoy trabajáis en la "transición planetaria", comprenderéis, como nosotros, la profunda dimensión de servir a los "Propósitos de Dios".Hasta entonces, que la paz de los hijos trabajadores, obedientes y amorosos sea vuestra compañera permanente, pues sólo en la paz florece el amor.
Jesús siempre con nosotros.
Allan Kardec
El Codificador
GESH - 12/12/2008 - Vitória, ES - Brasil